Javier, el último día te hablé de Perla, la perra que tantos años estuvo con nosotros, cuando yo todavía vivía en casa de los abuelos. La quisimos mucho, tanto como tú hubieras querido a esa perrilla que nos encontramos en la calle.
Casualidades de la vida, nuestra querida Bere nos escribe, como otras veces, desde Monterrey, y nos cuenta que… ¡ella también tuvo una perrita llamada Perla! Y también nos ha escrito la entrañable Nancy, desde el mismo lugar - como ya he dicho alguna vez, me parece que México y España están cada vez más cerca, cada vez son más las cosas que nos unen -, hablándonos sobre el sacrificio que hizo al permitir la entrada de un perro en su casa, sacrificio que valió la pena con creces…
Tanto Bere como Nancy nos animan a que tengamos un perrito. Dicen que te vendría muy bien, Javier. Yo pienso lo mismo. La terapia con animales está reconocida a nivel médico y puede ser muy beneficiosa… ¡A ver si convenzo a mamá!
Bien… Aunque no tenía pensado hacerlo – hay cosas que nos pertenecen sólo a nosotros mismos -, hoy, en respuesta a los sentidos mensajes y como homenaje a todos aquellos que han tenido o tienen una mascota en su casa, queriéndola con toda el alma, hoy dejo en nuestro lugar común una especie de carta de despedida que escribí cuando Perla nos dejó. La titulé “Al final del paseo” y aquí empieza.
“Viviste por nosotros y para nosotros.
Desde el primer día hasta el último.
Desde aquel lluvioso día de hace ya trece años, cuando, por vez primera, entraste en nuestro pequeño garaje -magnífica mansión para tus ojos-, siendo casi una cría y hecha un saco de huesos -por desnutrida y desamparada-.
Hasta ayer mismo, cuando se nos partió el alma al tener que dejarte, ya anciana y otra vez pelado esqueleto -por enferma terminal- en las manos del ¿doctor?, para tu eutanasia.
Hoy tus cenizas reposan junto a la tierra de algún improvisado cementerio, al lado de la hormiga y la mariposa, junto a las amapolas y las margaritas. Pero tu espíritu descansará en el cielo de los perros buenos.
Hoy vienen a mi mente imágenes desordenadas de estos años, que, vistos en conjunto, parecen segundos.
Ahora ya sé que nunca más saldremos a tomar el fresco airecillo de las noches de verano, contemplando la gigantesca y nunca tan azul bóveda celeste. Ni tampoco podremos ir a buscar a Leandro, para luego ir los tres a jugar a los palos o a la pelota, ni cómplice y celestina me acompañarás en mis escarceos amorosos de adolescencia - hace tanto tiempo que también ella se marchó...
Vienen a mi cabeza tantos recuerdos... Como el del primer día que nos vimos, ¿te acuerdas, Perla? Era ya de noche y tú estabas sentada en la calle, apostada junto al inalcanzable contenedor de basuras, esperando la dudosa llegada de un milagroso maná. Todavía me sonrojo al rememorar que yo, siempre tan miope y cobardón, me asusté al vislumbrarte a lo lejos y confundirte con enorme y feroz mastín. Sin embargo, no eras sino mansa y dócil cordera, acanelada mestiza de setter bastardo y alambrado chucho, una perrilla hambrienta y necesitada.
Siempre me pregunté de donde venías aquella noche, tratando inútilmente de imaginarme qué correrías habrías pasado hasta llegar hasta allí y en qué hogar habrías estado antes. Venías, aunque vagabunda, educada y obediente. Yo a veces me indignaba, pensando cómo pudo alguien abandonarte a tu suerte, en la fría calle de desdichas y peligros. Sí, Perla, ya sé que hay hombres que no tienen corazón. Sin embargo, no sé por qué, siempre preferí pensar que tal vez te extraviases por cualquier fatalidad.
Días después, tras los primeros alimentos que Elena y yo - siempre defensores de causas pobres - te fuimos sacando a la calle, te apostaste a la puerta de nuestra casa y atemorizante gruñías al posible rival que osaba acercarse, defendiendo un territorio que todavía no era tuyo. ¿Tan lista eras que ya sabías que esa habría de ser, ya para siempre, tu casa?
¿Y te acuerdas de la primera sorpresa que nos diste? Sí, acuérdate, mujer, llevabas ya entonces unas semanas con nosotros y al abrirte yo la puerta para el paseo matinal, te habías convertido de repente y por sorpresa en madre tierna y celosa guardiana de seis retoños, que se apretaban contra tus ubres en busca del preciado alimento. Nunca olvidaré la mirada que entonces me enviaste, mezcla de amor y resignación, como diciendo, ya ves, aquí están, han llegado estos enanos y, aunque reviento de ganas de ir a orinar, aquí me quedo, hasta que estén bien llenos, mis angelitos.
Descansa tranquila, no pasó con esos cachorros, ni con los que trajiste después, lo que diariamente ocurre con los vástagos de tantas otras perras o gatas, que son arrancados de su madre, a poco de nacer, por la mano dura y asesina. Nada temas, pues tus hijos fueron llevados a casas de personas buenas y hoy tendrás una gran familia repartida por el mundo.
¿Y recuerdas a tus compañeros de primeras correrías, cuándo salíamos a pasear, tú toda ufana y orgullosa, luciendo nombre, correa y reluciente pelaje? A decir verdad, siempre fuiste como el niño sacado, por un golpe de gran fortuna, de la favela de hambres y peligros, y al que luego se le quedó el cuerpo algo escuchimizado y la mirada agradecida. Sin embargo, cuando salías conmigo caminabas altanera, delimitando no sé cuáles territorios o posición social. Y era entonces cuando comenzaban los ritos y las ficciones. Con Tara, la pastora del Pirineo de los Recarte, de grises y enmarañados cabellos, tenías duelos de pistoleras al sol y entre ambas surgía el cruce de las miradas afiladas, el lento - casi eterno - caminar de una hacia la otra y después un ficticio cruce de disparos, que inevitablemente acababa en carreras y sonrisas. Con Flus, el retaco y presumido cocker de las Cibeira, abusona te valías de tu mayor tamaño y acababas vuestros juegos sometiendo con tu pata a tu pequeño compañero. Y con Linda, la jovencita y torpona setter irlandés de Félix, tú, prudente, te distanciabas de sus culetazos y empellones, y al final la enseñabas que más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Pero después el tiempo pasó tan rápido...
Tus compañeros de juventud fueron cayendo, uno tras otro, inapelablemente, hace ya bastantes años. Unos por desafortunados accidentes, otros por súbitas y definitivas enfermedades... Todos murieron. Con su marcha se fueron también los años de juegos y aventuras. Al final de todo aquello terminó para ti la primavera verde y florida.
Sobreviviste con creces a toda tu generación, Perlita. A cambio, te fuiste quedando sola, cada vez más sola, como las ancianas que ven morir a toda su familia, mientras ellas parecen condenadas a perdurar siempre. Y te apartaste de los jardines y las calles, como quien deja una casa que ya no es suya, y los cediste a los jóvenes, que empezaron a ser, ellos ahora, los que corrían, llenos de energía, por tus antiguos dominios, mientras tú les mirabas sosegadamente, con el aplomo que van dando los años, desde la distancia.
Yo, por mi parte, también me fui haciendo mayor y me casé un buen día. Sí, ya lo sé, te traicioné, me dejé llevar por la fuerza de la naturaleza y dejé la casa paterna y con ella nuestros diarios paseos. Tú nunca me lo perdonaste, y en nuestros encuentros posteriores me mirabas al principio con algo de rencor. Después se te pasaba y volvíamos a rememorar los viejos tiempos, paseando otra vez por nuestros antiguos caminos. Mas cuando acababa el día de estar juntos, otra vez se te llenaba la vista de una indescriptible tristeza, mientras yo dejaba la casa lleno de pesar.
Perdóname ahora. Entiende que cuando desde dentro surge la llama de la vida y se desborda el río que nos lleva es imposible no dejarse arrastrar.
Después, el tiempo nos deparó distintos caminos.
Mientras yo construía una familia, edificando ilusiones en cada madrugada, el frío invierno derruía tu cuerpo, cada vez más frágil y liviano.
Mientras yo recibía la visita de nuevos corazones, que llenaron mi casa de una nueva luz, tú te tuviste que acostumbrar a convivir diariamente con la negra curva pegada a tus espaldas.
Descansa ahora. De tanto insistir, la parca miserable y carroñera acabó saliéndose, como siempre, con la suya.
En la víspera de tu marcha definitiva, cuando tu cuerpo era ya un puro montón de huesos y un dolor continuo, me despedí de ti. Estabas tranquila y serena, pese a que el veterinario, el que habría de ser tu verdugo, ya te había marcado la hora. En tus ojos sosegados no hubo lugar para el miedo. En cambio, estabas resignada a lo inevitable, emanando una paz absoluta, como la del que plácidamente llega al final de su paseo. No hubo en ti asomo de esa humana y absurda angustia ante la despedida. Yo, en cambio, me volví a marchar de nuevo, entre llantos y pesares, dejándote sola otra vez.
Ahora, todo terminó.
Descansa en paz, mi bien. Nunca te olvidaré”.
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viernes 11 de abril de 2008
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4 comentarios:
Una vez más que bonitas tus palabras.
Nosotros hace un año que perdimos a Aura, ya vez si me acuerdo de ella que siempre utilizo su nombre como nick. Era una cocker spaniel negra. Vivió 11 años en casa, durante muchos años fue la reina de la casa, mi niña mimada. Cuando nacieron Eva y Gabriel, además de resginarse a que la destronaran, se dedicó a cuidarles, era increíble verla estirada al costado del cuco de los niños como vigilando.
Nos dio mucho sin pedir casi nada.
Sufrimos mucho cunado se enfermó, la operamos 2 veces y finalmente nos dejó, pero todavía hoy creo que al llamarla vendrá corriendo con uno de sus juguetes en la boca.
Sé que para los niños sería bueno otro perrito, pero no encontraré otro igual y no quiero volver a pasar el mismo sufrimiento.
Un saludo.
Que bonito sentimiento tenías por perlita, sin duda hay mascotas que se dan a querer mucho, pero creo que uno como su contraparte humana, somos los que hacemos la diferencia en la relación pues los perros son nobles por naturaleza, esta en nosotros el aceptarlos y quererlos, ellos siempre nos querrán, son muy buenos y nobles.
En este post te cuento la historia completa de bombón por si quieres saberla :) http://construyendomissuenos.blogspot.com/2007/04/bombn.html
Ojalá que tengas suerte con tu esposa y logres convencerla, hay perritos muy pequeñitos que podrían darle muchos ratos de felicidad a Javi, creo que vale la pena el sacrificio, no crees?
Suerte y un abrazo..
Nancy
Hola!!!!!!!!!, que bonito escrito para Perla!!. Mi papá tenia un lazó bien fuerte con ella, los dos se querían mucho cuando mi papá quien ya era una persona mayor se ponia malito ella se echaba al lado y nohabia poder humano que la quitara era impresionante ver su manera de actuar.
Una mascota trae siempre una vibra diferente a la casa, los animales nos transmiten paz y tranquilidad, siempre dispuestos a querernos, no tengo la menor duda de que a JAvi y por supuesto a toda la familia les daria muy gratos momentos, ojala tu esposa les de el si. Para lograr ello tal vez sea necesario emplear un sistema de ayuda para que ella al final de cuentas no sea la unica responsable de limpiar, cuidar y alimentar, ese siempre es el rollo con nosotras las mamas. No dudo ni tantito que cuando vea que todos cooperan ella acepte en tener un perrito.
Leerte siempre una bonita retroalimentación!! , sinceramente te puedo decir que toda esta linda familia ocupan un lugar en nuestros corazones!!
Muchas gracias, chicas, por vuestras cálidas palabras.
Aura70: querida Ana, gracias por tus elogios y muy bonito lo que has escrito.
Nancy: la historia de Bombón muestra bien tu capacidad de sacrificio por tus hijos. Hicisteis mucho por ella y ella lo dio todo por vosotros. ¿Puede haber algo más bonito?
Bere: siempre Súper, le voy a recitar a mi esposa todo lo que me has dicho. ¡A ver si hay suerte!
Un abrazo.
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